El Pirata
El Pirata No le fue fácil a Mordaunt recorrer la distancia de diez millas escocesas que hay desde Stour-Burgh a Yarlshof, pues tales rodeos se vio obligado a hacer para evitar los numerosos pantanos y lagunas que a cada paso encontraba, que el viaje llegó a serle tan peligroso y molesto como la de la famosa retirada de Ayr. No encontró el viajero en su camino bruja ni hechicera alguna que lo separase de la dirección que había tomado; los días eran ya largos, y así llegó a Yarlshof, sano y salvo, a las once de aquella misma noche. El castillo estaba obscuro v silencioso; sólo después de silbar varias veces bajo la ventana de Swerta pudo lograr que ésta respondiese a la seña ya convenida.
La primera vez que silbó Mordaunt, Swerta, aun medio dormida, soñaba agradablemente con un marinero empleado en la pesca de la ballena, que se anunciaba, hacía cuarenta años, de un modo semejante a la ventana de su choza; al cabo despertó, acordándose que Juana Fea dormía desde mucho tiempo antes el sueño eternal bajo las heladas olas del Groenland, y que ella misma estaba sirviendo al señor Mertoun, en Yarlshof; y, por último, levantóse y abrió la ventana.
—¿Quién llama a esta hora?
—Soy yo —respondió Mordaunt.
—Podéis entrar, La puerta está cerrada sólo con el picaporte. Encontraréis aún fuego entre la ceniza, y hay pajuela para que podáis encender una vela.
