El Pirata

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VIII

Corriendo, más que andando, Mordaunt se dirigió a Yarlshof, y algunos minutos después llegaba a su casa.

La debilidad que su padre había mostrado al camino, cuando salió de paseo, daba verosimilitud a lo que Swertha acababa de decirle, pero no tardó en convencerse de que el ama de gobierno los había engañado a los dos para verse libre de ellos.

Mordaunt encontró a su padre en el fondo de una de las habitaciones, descansando de la fatiga que le había ocasionado el paseo de aquella mañana.

—¿Dónde está el náufrago que habéis socorrido con tanta humanidad, a riesgo de vuestra vida? —preguntó Mertoun a su hijo tan pronto como lo vio.

—Norna se ha encargado de él, y su palabra me merece crédito.

—¿Acaso esa bruja se ocupa también en el arte de curar? Lo celebro de todo mi corazón; así tendremos ese cuidado menos. Pero yo había venido aquí muy aprisa para proveerme de vendas y de hilas, pues, según dijo Swertha debíais tener los huesos rotos.

Mordaunt guardó silencio por no perjudicar a la vieja ama de llaves, y para que Mertoun no se entregase a los accesos de cólera a que era tan propenso.


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