El Pirata
El Pirata Los huéspedes de Magnus Troil, entregados por completo a los placeres ruidosos, bebían sin cesar. Mordaunt, que, como su padre, evitaba las libaciones en los festines, no participaba de la alegría general, siéndole igualmente indiferentes las excursiones que la jarra hacía en torno de la mesa; pero precisamente por eso era la persona a quien Halcro se disponía a referir sus historias. En efecto, el poeta tenía el instinto del ave de rapiña que se precipita desde lo alto de las nubes sobre la oveja enferma, porque conoce que ésta no puede oponerle resistencia. Así, Halcro aprovechóse de las ventajas que le ofrecía la distracción de Mordaunt y de la apatía que le impedía defenderse. Con la habilidad característica de los implacables parlanchines, extendíase en el relato de sus cuentos haciendo interminables digresiones, de modo que, cuanto más avanzaba la narración, más se alejaba del fin. Ya había logrado contar, con todos sus detalles, la historia de su atento casero, el maestro sastre de Russel-Street, interpolando el bosquejo de cinco o seis de sus parientes; algunas anécdotas relativas a tres de sus principales rivales, y, en fin, algunas observaciones generales sobre la indumentaria y las modas de aquel tiempo. Al explicar la naturaleza del derecho que con frecuencia se arrogaba el dueño de su casa para introducirse en el santuario de las musas, dijo:
