El Pirata

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XV

Asegura el moralista Johnson que los jóvenes no se acuerdan del caballo de madera de la niñez, ni los viejos de la amante de su juventud. Del mismo modo el sentimiento de Mordaunt, excluido del baile, parecerá injustificado a nuestros lectores, que quizá creerían tener razón para incomodarse si se encontrasen en un caso análogo. No faltaban otras diversiones para los que no eran aficionados a bailar o no encontraban pareja. Halcro estaba en su elemento. Había reunido en torno suyo un numeroso auditorio a quien repetía sus poesías con todo el entusiasmo del glorioso Dryden, siendo muy aplaudido. Las poesías de Halcro eran, en su mayoría, traducciones o imitaciones de las sagas de los escaldas, que los pescadores de aquellas islas cantaban no hace todavía mucho tiempo.

Mordaunt, atento a medias a la voz del poeta, casi sumido en sus reflexiones, encontrábase junto a la puerta de la habitación, fuera del círculo que rodeaba a Halcro, cuando éste cantó, con un aire salvaje, lento y monótono, una imitación de un canto guerrero del Norte.

—¡Pobres paganos! ¡Desdichados ciegos! —exclamó Triptolemo suspirando—. Nos hablan de mieses y cosechas, y creo que jamás han cogido dos espigas de cebada.


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