El Pirata
El Pirata En la mañana que sucedió al festín espléndido con que Magnus Troil había obsequiado a sus huéspedes, éstos se encontraban aburridos: las matronas bostezaban y los hombres sentíanse atormentados por la jaqueca.
Sin duda, no habían dormido lo suficiente para recobrar las energías gastadas durante la noche precedente.
Erick Scambester había empleado todos los recursos imaginables para impedir que el fastidio invadiese a los invitados a la hora del almuerzo. Gemía la amplia mesa bajo el peso enorme de grandes pedazos de vaca salada y ahumada, de pasteles y de pescados condimentados de diversas maneras sin que faltasen té, café, chocolate y numerosos licores de infinidad de marcas y procedencias.
La vida de tantos manjares suculentos reanimaba a los fatigados huéspedes y despertaba su apetito, y, con tales alicientes, no es de extrañar que todos honrasen al anfitrión tragando como si jamás hubiesen probado bocado.
El almuerzo duró una hora y ya la mayor parte de los convidados se encontraban de pie con los mondadientes en la mano, cuando presentóse de pronto Erick Scambester, lanzando fuego por los ojos y con un arpón en la mano, diciendo que una enorme ballena acababa de encallar, o poco menos, a la entrada del lago.
