El Pirata

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IX

La farsa practicada por la vieja sibila había producido un efecto saludable a Minna, por lo que aquélla pareció adquirir un verdadero derecho al reconocimiento de Magnus Troil.

Norna volvió a abrir la ventana, y Minna, limpiándose las lágrimas, y adelantándose hacia su padre con aire de ternura y confianza, se precipitó en sus brazos, pidiéndole que la perdonase por los sufrimientos que le había ocasionado. No es necesario decir que este perdón le fue concedido con toda la ternura del amor paternal, aunque expresado bruscamente, y que Magnus la abrazó con el mismo gozo que si la viera salir de un sepulcro. Desprendiéndose de los brazos de su padre, arrojóse luego en los de Brenda, a quien manifestó con lágrimas y caricias, más bien que con palabras, cuánto sentía la conducta extraña que con ella había observado en aquellos últimos días. Magnus creyóse obligado a expresar su gratitud a Norna, cuya ciencia había producido resultado tan eficaz; pero apenas hubo empezado a decir: «mi respetable parienta, no soy más que un viejo norsa…», cuando aquélla le interrumpió poniendo un dedo sobre sus labios.



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