Robin Hood
Robin Hood —Con este fin me tomó Felipe Fitzooth a su servicio. El conde Robert tenÃa ya dieciséis años, y, de acuerdo con los infames cálculos de su tÃo, yo debÃa llevarle a su perdición por todos los medios a mi alcance, caÃdas, accidentes, enfermedades; yo debÃa intentar todo para que muriese rápidamente, todo excepto el asesinato. Fui un digno y celoso esbirro del barón de Beasant.
—Pero Robert, al crecer, se habÃa puesto fuerte. La fatiga le era ya desconocida.
—Mi tarea se hacÃa cada vez más ruda. Finalmente creà observar algunos cambios en la fisonomÃa y el aspecto del joven conde; estos cambios, casi imperceptibles al principio, poco a poco se fueron haciendo visibles, reales, importantes; perdÃa su vivacidad y su alegrÃa; se quedaba triste y pensativo durante largas horas; se quedaba inmóvil o se paseaba solo mientras que los perros acosaban la caza; ya no comÃa, no bebÃa, no dormÃa, rehuÃa a las mujeres y apenas me hablaba una o dos veces al dÃa.
—Le espié y pronto le descubrà paseando con una joven.
—¡Vaya, vaya! ¡He aquà algo que no se espera el señor barón de Beasant! Robert está enamorado; esto explica sus insomnios, su tristeza, su falta de apetito y, sobre todo, sus paseos solitarios.