Robin Hood

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—El barón de Beasant, descontento de mi vigilancia, me había anunciado su próximo regreso; creí obrar según sus deseos haciendo enterrar a la condesa Laura en un convento próximo sin revelar su calidad de esposa del conde Robert, y puse al niño en manos de una granjera a la que conocía. Mientras tanto, el barón de Beasant volvió a Inglaterra, y, pareciéndole bien para sus planes el no desmentir el pretendido viaje de Robert a Francia, le hizo llevar al castillo anunciando que había caído enfermo en el viaje.

—La suerte favorecía al barón de Beasant, estaba a punto de lograr sus propósitos, ya se veía heredero de los títulos y la fortuna del conde de Huntingdon; Robert iba a morir… Unos instantes antes de exhalar el último suspiro, el infortunado joven llamó al barón a su cabecera, le contó su matrimonio con Laura y le hizo jurar sobre el Evangelio que velaría por el huérfano. El tío juró… pero aún estaba caliente el cadáver del desdichado Robert cuando el barón me llamaba a la cámara mortuoria y, a su vez, me hacía jurar sobre el Evangelio que nunca revelaría en tanto que él viviera, el matrimonio de Robert, el nacimiento de su hijo ni las circunstancias de su muerte.

—Yo tenía el alma entristecida; lloraba recordando a mi señor, o más bien a mi pupilo, a mi compañero, tan dulce, tan bueno, tan generoso conmigo y con todos; pero había que obedecer al barón de Beasant.


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