Robin Hood
Robin Hood Cansada de vagar ante la casa, Mariana, abandonada a sí misma, sintió deseos de reunirse con su hermano; Lance dormía echado en el umbral de la puerta; le llamó, le acarició con su blanca mano y se marchó con él sin advertir a Gilbert.
Durante largo tiempo anduvo la joven reflexionando y pensando en el porvenir de su hermano; luego se sentó al pie de un árbol. Lance, el fiel animal, se había tumbado junto a ella, y, con el hocico levantado, fijaba en ella sus dos grandes ojos redondos en los que brillaba la inteligencia.
El sol no iluminaba ya más que la copa de los altos árboles y el crepúsculo oscurecía las colinas. Lance se levantó y lanzó quejidos moviendo la cola.
Mariana, arrancada de sus ensueños por esta advertencia, se arrepintió de haber permanecido tanto tiempo en el bosque; pero los alegres correteos del animal al levantarse ella la tranquilizaron, y emprendió el camino de regreso esperando aún el pronto retorno de Allan.
Repentinamente, Lance se detuvo; se tensó sobre sus patas, estiró el cuello y el lomo, levantó las orejas, arrugó el hocico, olfateó el aire, rastreó el camino y se puso a ladrar con rabia.
Mariana temblorosa, quedó clavada donde estaba e intentó percibir algún indicio de la causa de los ladridos del can.
