Memorias de un burro
Memorias de un burro -¡Cadichón, ya ves cómo me tratan! Pero te querré siempre, porque ere bueno, y no me das ningún pesar y procuras divertirme en nuestros paseos.
Yo estaba conmovido, pero no podía darle a entender que la comprendía. Sentía rabia contra aquella madre que por estupidez o por exceso de ternura hacia su hija la hacía tan desgraciada.
En éstas, una doncella abre la puerta y dice a Paulina:
- Señorita, su mamá no quiere que esté usted en la cuadra con Cadichón, y dice que su puesto está en el salón y no en la cuadra.
Paulina, sin replicar, me abrazó una vez más y sentí correr sus lágrimas sobre mi cuello.
Desde ese tiempo se puso más triste y empeoró; tosía; yo la veía palidecer y adelgazar. El mal tiempo nos impedía dar largos paseos.
Cuando me conducían ante la puerta del castillo, Paulina se montaba en mi lomo sin hablarme; pero cuando nos perdíamos de vista, saltaba al suelo, me acariciaba y me contaba sus penas para aliviar su corazón y pensando que yo no podía entenderla.
Así fue como supe que su mamá estaba siempre de mal humor desde la aventura del medallón, que Paulina se aburría y se entristecía más que nunca y que la dolencia que sufría se iba haciendo cada vez más grave.