Memorias de un burro
Memorias de un burro Feliz de verme salvado, me lancé hacia la puerta, e íbamos a salir, cuando un crujido espantoso nos hizo retroceder. Un edificio enfrente de la cuadra se había hundido; sus escombros interceptaban la salida; mi pobre amita debía perecer por haber venido a salvarme.
El humo, el calor y el polvo nos ahogaban. Paulina se dejó caer a mi lado. Tomé súbitamente un partido peligroso. Agarré con los dientes el vestido de la niña, casi desmayada, y me lancé al través de las vigas llameantes que cubrían el suelo.
Tuve la suerte de atravesarlo todo sin que se prendiese el vestido; me detuve para ver a qué lado debía dirigirme: todo ardía en torno nuestro. Desesperado, iba a depositar en el suelo a Paulina, completamente desmayada, cuando advertí una bodega abierta; me precipité, porque sabía que estaríamos seguros en las bodegas, de sólidas bóvedas, del castillo.
Dejé a Paulina cerca de un cubo de agua, para que pudiera mojarse las sienes y la frente al volver en sí, lo que no tardo en suceder.
Cuando se vió salvada y al abrigo de todo peligro, se puso de rodillas y dirigió una conmovedora oración a Dios por haberla preservado de tan terrible peligro. Después me dio las gracias con un cariño que me enterneció. Bebió unos tragos de agua y escuchó. El fuego continuaba sus estragos y todo ardía.