Memorias de un burro
Memorias de un burro Medor empezaba a aburrirse de este juego; los dolorosos maullidos del gato habían disipado su cólera y temía que los chicos fuesen demasiado crueles. Se puso, pues, a ladrar contra ellos y a tirarles de las blusas; pero no por eso dejaron de tirar piedras, sino que también lanzaron algunas contra mi pobre amigo.
Por fin, un grito ronco, seguido de un crujido de las ramas, anunció que se habían salido con la suya, pues el gato cayó muerto al suelo; le habían roto la cabeza con una piedra. Los malvados se alegraron de su éxito, en vez de llorar por su crueldad y por los sufrimientos que le habían causado al pobre animalito.
Medor miró a su enemigo con aire de lástima, e iba a volver a casa, cuando uno de los chicos vociferó:
-Vamos a darle un baño en el río, que será muy divertido.
Y he aquí a Medor perseguido por todos aquellos canallas, ellos y él a todo correr; eran, desgraciadamente, una docena, lo que le obligaba a correr siempre de frente, porque si trataba de escaparse de lado, le atajaban, retardando su fuga. Era muy joven entonces; no tenía más que cuatro meses, y no podía correr mucho ni largo tiempo; acabó, pues, por ser atrapado; uno lo agarró por la cola; otro, por una pata; otros, por el cuello, las orejas, el lomo; cada uno tiraba por su lado y se divertían con sus quejas.