Cuestiones naturales

Cuestiones naturales

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Deseen la agitación de las cosas y de los hombres aquellos que no pueden soportarse a sí propios. Tú, por el contrario, te encuentras perfectamente contigo mismo. No me extraña que ocurra esto a muy pocos, porque somos nuestros propios tiranos, nuestros perseguidores, desgraciados unas veces por amarnos demasiado, otras por el tedio; teniendo el espíritu en tanto hinchado por la soberbia o excitado por la avaricia; abandonándonos a los placeres o consumiéndonos en inquietudes, y para colmo de desdicha, nunca solos con nosotros mismos. En una morada donde tantos vicios habitan, necesariamente ha de haber perpetua lucha. Haz, pues, caro Lucilio, lo que acostumbras hacer. Sepárate cuanto puedas de la muchedumbre, y no prestes oídos a los aduladores, que son muy diestros para asediar a los grandes, y por mucho que te guardes, apenas podrás resistirles. Créeme, dejarte adular es entregarte a la traición. Tal es el atractivo natural de la adulación, hasta cuando se la rechaza, que agrada: por largo tiempo excluida, concluye por conseguir se la admita, elogiándonos porque no se la admite, y ni las repulsas pueden desanimarla. Es increíble lo que voy a decir, y sin embargo es verdadero. Cada uno de nosotros es vulnerable precisamente en el punto en que le atacan; y tal vez se le ataca por lo mismo que es vulnerable. Defiéndete bien, por lo tanto; pero ten presente que no estás al abrigo de las heridas: cuando todo lo hayas previsto te herirán por las uniones de la armadura. Uno usará la adulación disfrazada y cautelosa; otro francamente, cara a cara, y fingiendo ruda sencillez como si fuese franqueza y no artificio: Planco, el maestro más hábil en este género, antes de Vitelio, decía que no debía emplearse misterio ni disimulo en la adulación. Pierde, decía, su trabajo si se oculta: afortunado el adulador sorprendido en el hecho, y mucho más si se le reprende, si se le obliga a ruborizarse. Persona como tú debe temer encontrar muchos Plancos, y el remedio para tamaño mal no es rechazar la alabanza. Crispo Pasieno, el hombre más sutil en todo que he conocido, principalmente en la distinción y curación de los vicios, decía con frecuencia: «Ponemos la puerta entre nosotros y la adulación, pero no la cerramos; obramos con ella como con una amante: gusta que empuje la puerta, y gusta más que la violente». Demetrio, varón esclarecido, decía según recuerdo, al hijo de un liberto poderoso que le sería fácil enriquecerse el día en que se arrepintiera de ser hombre de bien. «No te ocultaré el medio; enseñaría a los que necesitan atesorar, cómo sin exponerse a los rigores del mar, ni a las dificultades de la compra-venta, sin acudir a los inseguros productos de la agricultura ni a los más inciertos aún del foro, encontrarán medio de hacer fácil y alegremente fortuna y agradar a los hombres despojándolos». En cuanto a ti, juraría que eres más alto que Fido Anneo y que Apolinio Pycta, aunque tu estatura sea tan reducida como la de los Tracios. Diría que nadie es más liberal que tú, y no mentiría, porque puede suponerse que das a los hombres todo aquello que les dejas.


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