Cuestiones naturales
Cuestiones naturales III. También conviene convencerse de que nada de esto hacen los dioses; que no es su enojo el que conmueve el cielo y la tierra. Estos fenómenos tienen sus causas propias, y sus estragos no dependen de ningún mandato, sino que, como en el cuerpo humano, son efecto de algunos vicios desorganizadores, y cuando parece que hace sufrir, la materia es la que sufre. Pero todo es terrible para nosotros que ignoramos la verdad, y lo raro del suceso aumenta nuestro terror. Los accidentes habituales asustan menos; lo extraordinario es lo que aterra. ¿Y por qué son extraordinarios algunos fenómenos para nosotros? porque contemplamos la naturaleza con los ojos y no con la razón; porque pensamos, no en lo que puede hacer esta naturaleza, sino en lo que ha hecho. Sirve, pues, de castigo a nuestra falta de reflexión el miedo que nos causa lo que nos parece extraordinario, cuando no es extraordinario, sino desacostumbrado. ¿Cómo? ¿No es cierto que se apodera de los ánimos religioso temor, y especialmente de la multitud, cuando el sol y hasta la luna, cuyos eclipses son más frecuentes, se nos ocultan en todo o en parte? Más aún sucede esto cuando cruzan llamas oblicuamente el cielo; cuando se ve arder una parte del aire, o astros cabelludos, o muchos soles a la vez, o estrellas en pleno día, o fuegos repentinos que vuelan en el espacio dejando largo rastro luminoso. No se contemplan estas cosas sin temor, y procediendo el temor de la ignorancia, ¿no convendría instruirse para no temer? ¿Cuánto mejor sería investigar las causas y dirigir a esto toda la atención del ánimo? Nada puede encontrarse a que pueda el espíritu, no dirá prestarse, sino entregarse más dignamente.