De la brevedad de la vida
De la brevedad de la vida Sus placeres mismos son intranquilos y agitados por múltiples zozobras, 17y, cuando están en pleno transporte, los sobrecoge un angustioso pensamiento: «¿Esto, hasta cuándo?». Por este sentimiento los reyes han llorado su poder y no los ha complacido la magnitud de su prosperidad, sino que los ha aterrorizado el final que en algún momento ha de llegar. En una ocasión en que el arrogantÃsimo rey de los 2persas desplegaba su ejército por las inmensidades de las llanuras y no podÃa concebir su número, sino su tamaño, derramó lágrimas porque, en cien años, de tanta juventud no quedarÃa nadie.[56] Y sin embargo, ese mismo que lloraba iba a acelerarles su destino y a aniquilar a unos en el mar, a otros en tierra, a unos en una batalla, a otros en una desbandada, y en poco tiempo iba a exterminar a aquellos para quienes 3temÃa cien años. ¿Qué hay de que incluso sus alegrÃas son intranquilas? Pues no se basan en motivos consistentes, sino que las perturba la misma ligereza de la que brotan. Ahora bien, ¿cómo piensas que son sus momentos infelices, también según propia confesión, cuando incluso estos en que se exaltan y se alzan por encima del hombre son 4poco naturales? Los mayores bienes son intranquilos y en ninguna suerte se confÃa menos que en la mejor: para preservar la prosperidad hace falta más prosperidad, y hay que hacer votos por los votos mismos que han salido bien. Pues todo lo que nos toca por casualidad es inestable y cuanto más alto se remonta, más expuesto está a la caÃda; y el caso es que a nadie complacen las cosas que van a caer; luego es lógico que sea infelicÃsima, no sólo cortÃsima, la vida de los que se procuran 5con gran trabajo cosas que poseen con otro aún mayor. Laboriosamente logran lo que quieren, angustiosamente tienen lo que han logrado; entre tanto, no se hace ninguna cuenta del tiempo que nunca más ha de volver: nuevas ocupaciones sustituyen a las antiguas, la esperanza despierta más esperanzas, más ambiciones la ambición. No se busca el fin de las desgracias, sino que se modifica el motivo. Nuestros cargos nos han hecho sufrir: más tiempo nos quitan los ajenos; hemos dejado de afanarnos como candidatos, empezamos a hacerlo como electores;[57] hemos desechado los disgustos de ser acusadores, nos encontramos con los de ser jueces; ha dejado de ser juez, es instructor; ha envejecido en la administración asalariada de bienes ajenos, se ve 6retenido por sus caudales propios. La sandalia ha dejado ir a Mario, ejerce el consulado.[58] Quincio tiene prisa por pasar su dictadura, lo reclamarán de su arado.[59] Marchará contra los cartagineses, inmaduro aún para tamaña empresa, Escipión; vencedor de AnÃbal, vencedor de AntÃoco, honra de su consulado, fiador del de su hermano, si no hay por su parte oposición, se verá situado junto a Júpiter: las revueltas civiles sacudirán a este salvador y, tras unos honores iguales a los divinos que aborreció de joven, ya anciano lo complacerá el anhelo de un altivo destierro.[60] Nunca faltarán motivos de inquietud felices o malaventurados; la vida irá pasando entre quehaceres; el ocio nunca se practicará, siempre se deseará.