De la brevedad de la vida
De la brevedad de la vida 2¿Por qué nos quejamos de la naturaleza? Ella se ha portado bondadosamente: la vida, con que sepas servirte de ella, resulta larga. <Pero> a uno lo domina la avaricia insaciable, a otro su oficiosa aplicación en inútiles empeños; uno se empapa de vino, otro se embota de indolencia; a uno lo agota su ambición siempre pendiente de las decisiones de los demás, a otro su arrebatado deseo de comerciar le lleva alrededor de todas las tierras, de todos los mares, con la esperanza de una ganancia; a algunos los atormenta su pasión por la guerra, sin dejar nunca de estar atentos a los peligros ajenos o angustiados por los suyos; los hay a quienes desgasta en una voluntaria esclavitud su veneración 2a sus superiores, en absoluto agradecida; a muchos les han mantenido ocupados sus pretensiones a la fortuna de otros o su preocupación por la propia; a los más, que no van detrás de nada concreto, los ha lanzado a renovados proyectos su volubilidad errática, inconstante, disgustada consigo misma; a algunos no les gusta nada a dónde pudieran enderezar su rumbo, sino que su destino los sorprende languideciendo y bostezando, de manera que no dudo de que sea cierto lo que en el más grande de los poetas está dicho a modo de oráculo: «escasa es la porción de la vida que vivimos».[4] De hecho, todo el trecho restante no es vida, sino tiempo. Los acosan y cercan por todas 3partes los vicios y no los dejan alzarse ni levantar los ojos para contemplar la verdad, sino que los retienen hundidos y fijos en su pasión. Nunca les es posible volver en sÃ. Si tal vez les toca por casualidad algún sosiego, como un mar profundo, en el que también después del vendaval hay agitación, se remecen y nunca tienen reposo de sus pasiones. ¿Piensas que hablo de esos cuyas desgracias están de manifiesto? 4Mira a aquellos a cuya prosperidad se arrima la gente: están ahogados por sus bienes. ¡Para cuántos resultan abrumadoras sus riquezas! ¡A cuántos ha chupado la sangre su elocuencia y la obligación diaria de ostentar su talento! ¡Cuántos andan demacrados por sus continuos placeres! ¡A cuántos no les deja ninguna libertad el hacinamiento de clientes que los asedia! En fin, repásalos todos desde los más bajos hasta los más altos: éste convoca, éste comparece, aquél está en un aprieto, aquél lo defiende, aquél lo juzga, ninguno se ocupa de sà mismo, cada uno se desgasta por el otro. Pregunta sobre esos cuyos nombres son bien sabidos, verás que se los reconoce por estas señales: aquél es servidor de aquél, éste de aquél; ninguno es su propio dueño. Además, 5la irritación de algunos es verdaderamente insensata: se quejan del desaire de sus superiores porque no han tenido tiempo para ellos cuando querÃan una audiencia. ¿Se atreve a quejarse de la altanerÃa de otro uno que nunca tiene tiempo para sà mismo? Él, sin embargo, con un aire ciertamente impertinente, pero te ha mirado a veces, a ti, seas quien seas, él ha inclinado sus oÃdos a tus palabras, él te ha acogido a su lado: tú nunca te has dignado mirarte ni escucharte. Asà pues, no tienes por qué hacer valer ante nadie esos buenos oficios, puesto que, cuando los llevabas a cabo, en realidad no querÃas estar con otro, sino que no podÃas estar contigo.
