De la brevedad de la vida
De la brevedad de la vida 2El divino Augusto, a quien los dioses respaldaron más que a ninguno, no dejó de pedir para él reposo y de pretender un descanso de la política;[5] cualquier conversación suya siempre recaía en que esperaba el ocio; distraía sus afanes con este consuelo, dulce, aunque falso: alguna vez él iba a vivir para él. En una carta enviada al Senado, después 3de asegurar que su reposo no iba a estar exento de dignidad ni en contradicción con su anterior gloria, he encontrado estas palabras: «Pero eso se puede con más gusto hacer que prometer. A mí, sin embargo, el deseo de un tiempo tan ansiado por mí me ha llevado, puesto que la alegría de la realización se demora aún, a anticipar algún placer con el encanto de las palabras». El ocio le pareció un asunto de tanta 4importancia que, como no podía en la práctica, se lo tomaba por adelantado con el pensamiento. Él, que todo lo veía pendiente sólo de él, que determinaba la suerte de hombres y naciones, soñaba lleno de alegría el día en que se despojaría de su grandeza. Había comprobado 5cuánto sudor le costaban aquellos bienes que resplandecían por todas las tierras, cuántas preocupaciones veladas ocultaban: obligado a entablar combate contra sus conciudadanos primero, después contra sus colegas, finalmente contra sus parientes,[6] derramó sangre por tierra y por mar. Llevado por la guerra a través de Macedonia, Sicilia, Egipto, Siria y Asia,[7] y prácticamente todas las costas, dirigió sus ejércitos, hastiados de matanzas de romanos, a las guerras exteriores. Mientras pacifica los Alpes[8] y reduce a los enemigos que habían irrumpido en medio de la paz y del imperio, mientras traslada las fronteras más allá del Rin y del Éufrates y del Danubio,[9] en la propia Ciudad se afilaban contra él los puñales de Murena, de Cepión, de Lépido, de Egnacio, 6de otros.[10] Aún no había escapado a sus acechanzas, y su hija y tantos jóvenes nobles atados por el adulterio como por un juramento aterrorizaban su edad ya quebrantada,[11] y Julo y de nuevo una mujer que se hacía temible al lado de un Antonio.[12] Estas llagas las había extirpado junto con los miembros mismos: renacían otras; como un cuerpo sobrecargado de sangre, a cada momento reventaba por alguna parte. Así pues, ansiaba el ocio, con la esperanza y el pensamiento de él se aliviaban sus afanes; éste era el anhelo de quien podía hacer que todos vieran realizados sus anhelos.