Tratados morales

Tratados morales

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Estoy dudoso de lo que en esto quiso sentir, y ocúrrenme muchas cosas. Quísole afrentar dándole a entender cuán grande era su crueldad, pues tenía por beneficio la muerte; o quizá le dio en rostro con la ordinaria locura de aquellos que le daban gracias cuando les había muerto sus hijos y quitádoles sus haciendas; o por ventura recibió con alegría la muerte juzgándola por libertad. Sea lo que fuere, la respuesta fue de ánimo gallardo. Dirá alguno que pudo después de esto mandar Cayo que Canio viviese. No temió esto Canio, que era conocida la estabilidad que en semejantes crueles mandatos tenía Cayo. ¿Piensas tú que sin algún fundamento pidió cinco días de dilación para el suplicio? No parece verosímil lo que aquel varón dijo y lo que hizo, y en la tranquilidad que estuvo. Jugando estaba al ajedrez cuando el alguacil que traía la caterva de muchos condenados a muerte mandó que también le sacasen a él; y después de haber sido llamado, contó los tantos y dijo al que jugaba con él: «Advierte que después de mi muerte no mientas diciendo que me ganaste.» Y llamando al alguacil, le dijo: «Serás testigo de que le gano un tanto.» ¿Piensas tú que Canio jugaba en el tablero? Lo que hacía no era jugar, sino burlarse del tirano, y viendo llorosos a sus amigos por la pérdida que hacían de tal varón, les dijo:



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