Tratados morales
Tratados morales No me atrevo a pasar tan adelante, aconsejándote que con tu acostumbrada elocuencia enlaces fábulas y apologías, obra aún no intentada por los ingenios romanos. Porque es cosa difícil que un ánimo tan fuertemente herido pueda tan presto pasar a estudios regocijados. Ten por señal cierta de estar el ánimo fortalecido y vuelto a su ser, si de los estudios graves y serios pudiere pasar a estos más libres; porque en aquéllos, aunque la austeridad de las cosas que trata le llaman aun estando enfermo y contra su voluntad, no admitirá estos otros que se han de tratar con frente desarrugada si no es cuando de todo punto estuviere convalecido. Así que a los principios les ha de ejercitar en materias más severas, y templarle después con otras más alegres. También te será de grande alivio si te hicieres esta pregunta: «¿El dolor que tengo es en mi nombre o en el del difunto? Si es en el mío, acábase la jactancia que de mi sufrimiento solía tener, y comience el dolor, sin que haya en él otra excusa más que el ser honesta; porque el desechar el sentimiento, mira a utilidad propia, y ninguna cosa hay menos decente al varón bueno, que llorar por cuenta y razón en la muerte de su hermano. Si me duelo en su nombre, es necesario que uno de los dos sea juez; porque si a los difuntos no les queda sentido alguno, mi hermano, libre ya de todas las incomodidades de la vida, está restituido al lugar donde estuvo antes que naciese, y exento de todo mal, no hay cosa que tema, ninguna que desee y ninguna que padezca. Pues ¿qué locura es no dejar jamás de dolerme por el que jamás ha de tener dolor? Si en los difuntos hay algún sentido, ya el ánimo de mi hermano, como libre de una larga prisión, se regocija, gozando de la vista de la naturaleza de las cosas, despreciando desde lugar superior todas las cosas humanas, y viendo más de cerca las divinas, cuyo conocimiento buscó en balde tanto tiempo. Pues ¿por qué me aflijo por el que o es bienaventurado o deja de tener ser? Llorar por el bienaventurado, es envidia; y por el que no tiene ser, es locura.»