Tratados morales
Tratados morales Créeme que en la misma grande dicha hay la felicidad de morir, no habiendo cosa cierta que dure un día. ¿Quién, pues, en tan oscura y dudosa verdad adivina si la muerte envidió a tu hermano o cuidó de él? Es asimismo necesario que la justicia que en todas las cosas mantienes, te ayude a pensar que no se te hizo injuria en quitarte tal hermano, sino que se te hizo gracia de todo el tiempo que te fue permitido el usar y gozar de su amor. Injusto es el que no deja albedrío en las dádivas al que las da, y codicioso el que no computa por ganancias lo que recibió, contando por pérdida lo que restituye. Ingrato es el que llama injuria al fin del deleite; ignorante el que piensa que no hay fruto sino en los bienes presentes, y el que no se aquieta con los pasados, teniendo por más ciertos los que se le fueron, porque de ellos no hay temor que de nuevo se vayan. Estrechos términos pone a sus gustos el que juzga que goza solamente los que tiene y ve presentes, no estimando los que tuvo. Porque con mucha presteza se nos huye el deleite que corre y pasa y casi se nos quita antes que venga. Así que se ha de poner el ánimo en el tiempo pasado, reduciendo y tratando con frecuente recordación lo que en algún tiempo nos fue posible. Más larga y más fiel es la memoria de los deleites que su presencia. Pon entre los sumos bienes el haber tenido un hermano tan bueno; y no atiendas a que pudieras tenerlo mucho más tiempo, sino al que le tuviste. La naturaleza de las cosas hace contigo lo que con los demás hermanos, y no te lo dio en propiedad, sino prestado, y después te lo volvió a pedir cuando quiso; y en esto no atendió a tu hartura, sino a su ley. ¿No será tenido por injusto el que sufriere molestamente el pagar la moneda que se le prestó, y en particular la que recibió sin interés alguno? Dio la naturaleza vida a tu hermano, y diola también a ti; y ella, usando después de su derecho, cobró primero la deuda de quien quiso. No se le puede imponer culpa alguna, siendo tan conocida su condición: impútese a la codiciosa esperanza del ánimo mortal, que de tal manera se olvida de lo que es la naturaleza, que nunca se acuerda de su ser sino cuando la amonestan. Alégrate, pues, de haber tenido un tan buen hermano, y da gracias del usufructo que de él gozaste, aunque fue más breve de lo que deseabas. Piensa que lo que tuviste fue para ti muy deleitable, y que lo que perdiste era humano, porque no hay cosa menos congruente entre sí que mostrar dolor del que un tal hermano te haya vivido poco, y no tener gozo de que tuviste tal hermano. Dirásme: «así es, pero quitáronmele cuando no lo pensaba». A cada uno engaña su credulidad, y el olvido de la muerte en las cosas que ama. La naturaleza a ninguno prometió que haría gracia en la necesidad del morir. «Cada día pasan por delante de nuestros ojos los entierros de personas conocidas y no conocidas, y nosotros, divertidos en otras cosas, llamamos repentino lo que toda la vida se nos están intimando.»