Tratados morales
Tratados morales Aparta, oh fortuna, tus manos de este varón, y no muestres en él tu potencia sino es por la parte que le has de ser provechosa. Permite que él remedie al género humano, que ha mucho tiempo está enfermo y fatigado. Permite que éste repare todo lo que la locura de su antecesor descompuso. Resplandezca siempre esta estrella, que salió a dar luz al orbe cuando estaba despeñado en el profundo y anegado en tinieblas. Pacifique éste a Germania, abra el paso de Bretaña, y lleve juntos los triunfos de su padre y los suyos. Su clemencia (que entre las demás virtudes suyas tiene el primer lugar) promete que he de ser yo uno de los que los vean; porque no me derribó de tal manera que deje de levantarme; antes debo decir que no me derribó, sino que, estando impelido de la fortuna, me sostuvo; y yéndome a despeñar, usando él de la moderación de mano divina, me depuso suavemente. Intercedió por mí al Senado; y no sólo me dio la vida, sino que la pidió. Determine en la forma que quisiere se juzgue mi causa, que su justicia la aclarará por buena, o su clemencia hará que lo sea. Por igual beneficio reconoceré el enterarse de que estoy inocente, o el declarar que lo soy. En el ínterin, es gran consuelo de mis trabajos el ver que anda esparcida por todo el orbe su clemencia; de la cual, cuando del rincón donde estoy encerrado sacare a muchos a quien derribó la ruina de los tiempos, no recelo me deje a mí solo. Él conoce la sazón en que debe socorrer a cada uno, y yo procuraré que no se arrepienta de que llegue a mí su favor. ¡Oh felicidad!, pues tu clemencia, César, hace que los desterrados de tu tiempo tengan más quietud de la que en el imperio de Cayo tuvieron los príncipes. No viven con temor ni esperanza de ver cada hora el cuchillo, ni se atemorizan con la venida de cualquier bajel. En ti conciben así el temperamento de la airada fortuna, como la esperanza de su mejoría y la quietud de la presente. Ten por cierto que son justísimos aquellos rayos que aun los heridos los veneran.