Tratados morales
Tratados morales Ninguna casa ha habido ni hay sin algunas lágrimas. Dejaré los ejemplos vulgares, que aunque son menores, son admirables. Quiero llevarte a los fastos y anales públicos. ¿Ves todas estas imágenes que adornan el palacio de César? Ninguna de ellas fue insigne sin alguna descomodidad de los suyos. Ninguno de estos varones que resplandecieron para ornato de los siglos, dejó de ser afligido con muertes de sus deudos, o su muerte causó aflicción de ánimo a los suyos. ¿Para qué te he de referir a Escipión Africano, a quien llegó la nueva muerte de su hermano estando en destierro? Éste, que le libró de la cárcel, no le pudo librar del hado, siendo a todos manifiesto cuán impaciente fue el amor de Africano, pues sin sufrir la común ley, el mismo día que quitó a su hermano de las manos de los alguaciles se opuso, siendo persona particular, a la autoridad del tribunal del pueblo. Éste, pues, llevó la muerte de su hermano con el mismo valor con que le había defendido. ¿Para qué te he de referir a Esmiliano Escipión, que vio casi en un mismo tiempo el triunfo de su padre y el entierro de dos hermanos, y con ser mancebo, y en edad pueril, sufrió aquella repentina calamidad de su casa que cayó sobre el triunfo de Paulo, llevándola con tan grande ánimo como convenía a un varón que había nacido para que ni faltase a Roma un Escipión ni quedase en pie Cartago?»