Tratados morales

Tratados morales

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Busquemos lo que se hizo bien, y no lo que está más usado; lo que nos coloque en la posesión de eterna felicidad, y no lo que califica el vulgo, errado investigador de la verdad. Y llamo vulgo, no sólo a los que visten ropas vulgares, sino también a los que las traen preciosas; porque yo no miro los colores de que se cubren los cuerpos, ni para juzgar del hombre doy crédito a los ojos; otra luz tengo mejor y más segura con que discernir lo falso de lo verdadero. Los bienes del ánimo sólo el ánimo los ha de hallar; y si éste estuviere libre para poder respirar y retirarse en sí mismo, ¡oh!, cómo encontrará con la verdad, y atormentado de sí mismo, confesará y dirá: «Quisiera que todo lo que hasta ahora hice estuviera por hacer; porque cuando vuelvo la memoria a todo lo que dije, me río en muchas cosas de ello: todo lo que codicié, lo atribuyo a maldición de mis enemigos. Todo lo que temí, ¡oh dioses buenos!, fue mucho menos riguroso de lo que yo había pensado. Tuve amistad con muchos, y de aborrecimiento volví a la gracia (si es que la hay entre los malos), y hasta ahora no tengo amistad conmigo. Puse todo mi cuidado en levantarme sobre la muchedumbre haciéndome notable con alguna particular calidad; ¿y qué otra cosa fue esto sino exponerme a las flechas de la envidia y descubrir al odio la parte en que me podría morder?» ¿Ves tú a estos que alaban la elocuencia, que siguen las riquezas, que lisonjean la privanza y ensalzan la potencia? Pues o todos ellos son enemigos o, juzgándolo con más equidad, lo podrán venir a ser; porque al paso que creciere el número de los que se admiran, ha de crecer el de los que envidian.


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