Tratados morales
Tratados morales Hecha esta división, querrÃa yo más para mà aquellas virtudes que puedo ejercitar con mayor tranquilidad, que no las otras cuyo trato es sangre y sudor. Luego yo (dirá el sabio) no vivo de diferente manera de la que hablo: vosotros sois los que entendéis lo contrario de lo que digo: porque a vuestros oÃdos llega solamente el sonido de las palabras, y no inquirÃs lo que significan. Dirásme, pues: ¿qué diferencia hay de mÃ, que soy ignorante, a ti, que eres sabio, si entrambos codiciamos tener mucho? Que las riquezas que tuviere el sabio estarán en esclavitud, y las que tuviese el ignorante en imperio. El sabio no permite cosa alguna a las riquezas, y ellas os permiten a vosotros todas las cosas. Vosotros os acostumbráis y arrimáis a ellas, como si hubiera alguno que os hubiera concedido su perpetua posesión. El sabio, cuando se halla en medio de las riquezas, medita más en la pobreza. El capitán general jamás confÃa tanto de la paz, que no se prevenga para la guerra: que si ésta no se hace, está por lo menos intimada. A vosotros os desvanece la hermosa casa, como si no pudiera quemarse o caerse. A vosotros os hacen insolentes las riquezas, como si estuvieran exentas de todos los peligros, y como si fueran tales que faltaran fuerzas a la fortuna para consumirlas. Vosotros, estando ociosos, jugáis con vuestras riquezas, sin prevenir los riesgos de ellas; sucediéndoos lo que a los bárbaros, que encerrados en sus murallas e ignorantes de las máquinas militares, miran perezosos el trabajo de los que los tienen sitiados, sin entender a qué se encamina lo que tan lejos se previene. Lo mismo os sucede a vosotros, que os marchitáis en vuestras cosas, sin atender a los varios sucesos que de todas partes os amenazan, para llevarse muy presto los más preciosos despojos. Al sabio, cualquiera que le quitare sus riquezas, le dejará todos sus bienes, porque vive contento con lo presente, y seguro de lo futuro. Ninguna otra cosa es la que Sócrates, y los demás que tienen el mismo derecho y potestad sobre las cosas humanas, dicen, sino éstas: «Heme resuelto a no sujetar las acciones de mi vida a vuestras opiniones: juntad de todas partes vuestras acostumbradas palabras, que yo no me daré por entendido que me decÃs injurias, sino que como niños cuitados lloráis.» Esto es lo que dirá aquel a quien cupo en suerte el ser sabio, aquel a quien el ánimo libre de culpas le obliga a reprender a los otros, no por odio, sino por remedio. Diráles: «Vuestra estimación, no en mi nombre, sino en el vuestro, es la que me mueve; porque el aborrecer, y ofender a la virtud, es un apartamiento de toda buena esperanza. Ninguna injuria me hacéis, como no la hacen a los dioses en sus personas los que derriban sus altares, aunque muestran su mala intención y su mal consejo donde no pueden hacer ofensa. De la misma manera sufro vuestros errores, como Júpiter Óptimo Máximo sufre los disparates de los poetas: uno de los cuales le puso alas, otro cuernos, otro lo introduce adúltero y trasnochador: otro lo hace cruel contra los dioses, otro injusto con los hombres, otro arrebatador, y violador de nobles, hasta en sus propios parientes: otro matador de su padre, y conquistador del ajeno y paterno reino. Los cuales en esto no cuidaron de otra cosa mas que de quitar a los hombres la vergüenza de pecar, con creer que habÃan sido tales sus dioses. Mas aunque todas estas cosas no me hacen lesión, con todo eso por lo que os toca, os amonesto que admitáis la virtud: creed a los que la han seguido mucho tiempo, y dicen a voces que han seguido una cosa grande, y que cada dÃa descubre ser mayor. Reverenciadla como a los dioses, y estimad como a prelados los profesores de ella: y siempre que hicieren mención de letras sagradas, ayudad sus lenguas, y hasta en palabra ayudad; no digo que les deis favor, sino encomendaos en ella el silencio, para que se pueda celebrar dignamente lo sagrado, sin que haya alguna mal voz que lo interrumpa.»