Tratados morales

Tratados morales

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Consideremos en nuestro entendimiento dos repúblicas, una grande y verdaderamente pública, en la cual son comprendidos los dioses y los hombres, donde no miramos a esta o aquella parte, sino antes medimos con el sol los términos de nuestra ciudad; la otra es aquella en que nos puso el estado de nuestro nacimiento, como el ser ateniense, o cartaginés, o de otra cualquiera provincia que no pertenezca en común a todos los hombres, sino a pocos en particular. Hay algunos que a un mismo tiempo sirven a ambas repúblicas, mayor y menor; otros a sola la menor, y otros a sola la mayor, y a ésta podemos servir en el ocio; y pienso que mejor en él, para poder averiguar qué cosa sea la virtud, y si es una sola o son muchas, y si es la naturaleza o el arte la que hace buenos a los hombres, si es uno lo que comprende el mar y las tierras y lo contenido en las tierras y en el mar, o si esparció Dios muchos cuerpos de esta calidad. Si la materia de que son engendradas todas las cosas es una; si es continua y llena o dividida; si lo inane y vacío está mezclado con lo sólido; si mira Dios sus obras sentado; si las trata y cerca por defuera o asiste interiormente en ellas; si el mundo es inmóvil, o si se ha de contar entre las cosas caducas que nacieron para tiempo limitado. El que contempla estas cosas, ¿qué es lo que da a Dios? Dale el que tantas y tan soberanas obras salidas de sus manos no estén sin testigos. Solemos decir que el sumo bien es vivir según los preceptos de la naturaleza, y ésta nos engendró para acción y contemplación: hagamos ahora evidencia de lo que al principio propusimos.


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