Tratados morales
Tratados morales Dionos la naturaleza un ingenio curioso, y como aquella que sabÃa su grande arte y hermosura, nos engendró para que asistiésemos a los varios espectáculos de las cosas, por no perder el fruto de su trabajo ni dejar que la soledad fuese sola la que gozase de obras tan excelentes, tan sutiles, tan resplandecientes y por tan diferentes modos hermosas. Y para que conozcas que ella no sólo quiso ser mirada, sino atendida con cuidado, advierte el lugar en que nos puso, que fue en medio de sà misma, dándonos la vista de todas las cosas; y no sólo levantó derecho al hombre, sino que, habiéndole criado para contemplación y para que pudiese atender a las estrellas que desde el Oriente corren al Ocaso, y para que con todo el cuerpo pudiese rodear la vista, le formó la cabeza en lo alto y se la puso en cuello flexible. Demás de esto, quiso resplandeciesen seis signos de dÃa y seis de noche, y ninguna cosa encubrió, para que por las que ofreció a los ojos despertase deseos de las demás: que aunque no hemos visto tantas como hay, nuestro entendimiento se abre camino investigando, y echa fundamentos a la verdad, para que la averiguación pase de lo conocido a lo no conocido, y entienda hay alguna cosa más antigua que el mundo, y de dónde salieron estas estrellas, y el estado que tuvo el Universo antes que las cosas fuesen separadas a sus sitios. ¿Cuál razón fue la que dividió las cosas sumergidas y confusas? ¿Quién fue el que les señaló sitios para que las pesadas bajasen por su propensión y las ligeras subiesen; si por el mismo peso de los cuerpos hubo alguna superior fuerza que diese leyes a las cosas; si es verdadera aquella doctrina que yo apruebo, que los hombres son una parte de espÃritu divino que, como centellas de lo sagrado, bajaron a la Tierra saliendo de ajeno lugar? Nuestro pensamiento penetra los alcázares del cielo; y sin contentarse con saber lo que se alcanza con la vista, inquiere aquello que está fuera del mundo; si acaso es alguna profunda anchura, o si está también encerrada en lÃmites y términos. Qué ser tienen los excluidos, si son sin forma y confusos, o si gozan cada uno de sitio distinto; y si también aquellas cosas están por ventura asignadas para alguna veneración, si están arrimadas a este mundo o apartadas lejos de él, revolviéndose en parte vacÃa. Si son individuas aquellas cosas por las cuales se ordena todo lo nacido y todo lo que ha de nacer; si su materia es continua o mudable en todo; si son contrarios entre sà los elementos, o sin hacerse repugnancia conspiran por diversas causas. El que nació para investigar estas cosas, juzgue que no ha recibido mucho tiempo, aunque lo reserve todo para sÃ, sin consentir que por facilidad o negligencia se le usurpe alguna parte, conservando sus horas con toda avaricia: y aunque lo continúe hasta los últimos términos de la edad humana, sin que la fortuna le desmorone alguna parte de lo que la naturaleza le dio, con todo eso es el hombre con demasÃa mortal, para poder llegar al conocimiento de las cosas inmortales. Yo vivo según la naturaleza, si me entrego de todo punto a ella y si soy admirador y reverenciador suyo; ella me mandó que atendiese a entrambas cosas, a obrar y a estar desocupado para la contemplación; lo uno y lo otro hago, porque la contemplación no puede subsistir sin acción. Pero dirásme que conviene averiguar si se le arrima por causa del deleite, sin pretender de ella más que una continua contemplación, de la cual no se puede salir, porque es muy dulce y tiene sus halagos. A esto te respondo que importa ver el ánimo con que pasas la vida civil; si es para andar siempre inquieto, sin tomar tiempo necesario para pasar la vista de las cosas humanas a las divinas, no siendo digno de aprobación el apetecer las cosas sin ningún amor de las virtudes y sacando desnudas las obras sin cultura del ingenio, porque todas estas cosas deben mezclarse y unirse. De esta misma manera es la virtud que, recostada en el ocio, es un imperfecto y flaco bien, que jamás dio muestras de lo que aprendió. ¿Quién niega que debe aquél mostrar sus aprovechamientos en las obras? Y no sólo ha de meditar lo que debe hacer, sino que alguna vez ha de ejercitar las manos, reducir a ejecución lo que meditó. Pero ¿qué diremos cuando la dilación no consiste en el sabio, porque muchas veces, sin que falte agente, suelen faltar las cosas en que ha de hacer: permitirásle, por ventura, estarse consigo solo? ¿Con qué ánimo se aparta el sabio al ocio, para que entienda que, aun estando a solas contigo, ha de hacer tales cosas que sean provechosas a los venideros? Nosotros somos ciertamente los que decimos que Zenón y Crisipo hicieron mayores cosas que si hubieran gobernado ejércitos, tenido hombres y promulgado leyes, pues no las hicieron para una ciudad sola, sino para todo el género humano. ¿Por qué, pues, tal ocio como éste no ha de ser decente al varón bueno, que dispone en él el bien de los siglos venideros, y no predica a pocos, sino a todos los hombres de cualesquier naciones? En resolución, ¿te pregunto si Cleantes, Crisipo y Zenón vivieron conforme a su doctrina? Responderáseme, sin duda, que vivieron en la misma forma que dijeron se habÃa de vivir, y tras esto ninguno de ellos gobernó la república. También me dirás que esto fue porque no tuvieron aquella fortuna o estado que suele ser admitido el manejo de las cosas públicas, pero que con todo eso no pasaron la vida ociosa, pues hallaron camino como su ocio fuese a los hombres más provechoso que el trabajo y sudor de otros; según lo cual parece que éstos hicieron mucho, aunque no tuvieron ocupación pública. Demás de esto, hay tres géneros de vida, entre los cuales se suele inquirir cuál sea el mejor: uno está desembarazado para el deleite, otro para la contemplación y otro para la acción. Dejando aparte toda disputa y el odio que intimamos a los que seguÃan diversa opinión, veamos si estas cosas se ajustan al primer género con uno o con otro tÃtulo. El que aprueba el deleite no está sin contemplación, ni el que se da a la contemplación está sin deleite; ni el otro, cuya vida está destinada a la acción, carece de contemplación. Dirásme que hay mucha diferencia en que una cosa sea el objeto que se propone o añadidura de él. Grande es, por cierto, la diferencia; pero con todo eso no está lo uno sin el otro; porque ni aquel contempla sin acción, ni éste hace sin contemplación, ni el otro tercero, de quien comúnmente sentimos mal, prueba al deleite holgazán, sino al que con la acción hace firmes a los hombres; según lo cual, aun esta secta de los que buscan el deleite, consiste en acción. ¿Cómo no ha de consentir en acción, si el mismo Epicuro dice que tal vez se apartará del deleite y apetecerá el dolor? Y esto será si amenazare arrepentimiento al deleite, o si, en lugar de un grande dolor, se eligiere otro menor. Para que se vea que la contemplación agrada a todos, unos la buscan, y nosotros la tenemos, y no como puerto. Añade que por la doctrina de Crisipo es lÃcito vivir en ocio: no digo que éste se padezca, sino que se elija.