Azabache
Azabache ¡Ay! Demasiado tarde. Entre salvajes alaridos, los perros la rodearon. OÃmos un chillido… y nada más. Uno de los cazadores, que llegó en ese momento, dispersó a golpes de fusta a los canes, que la habrÃan despedazado. La levantó por una pata, desgarrada y ensangrentada y los caballeros se mostraron complacidos.
Por mi parte, tan absorto estaba, que en un primer momento no vi lo que ocurrÃa junto al arroyuelo. Cuando por fin lo hice, me encontré con un triste espectáculo. Dos hermosos caballos habÃan caÃdo; uno pataleaba en la corriente, en tanto que el otro gemÃa, tendido en el pasto. Cubierto de barro, uno de los jinetes salÃa del agua; el otro yacÃa inmóvil.
—Se desnucó —dijo mi madre.
—Y merecido lo tiene —agregó un potro.
Yo pensé lo mismo, pero mi madre disintió:
—Pues, no, no deben decir eso —nos reprendió—. Aunque… soy una yegua vieja, y he visto y oÃdo muchas cosas, nunca pude explicarme por qué a los hombres les apasiona tanto este deporte. Con frecuencia se lastiman, arruinan excelentes caballos y destrozan los campos; y todo a cambio de una liebre, un zorro o un venado que podrÃan obtener con mayor facilidad de otra manera. Pero no somos más que caballos y no comprendemos…