Azabache
Azabache EL DESCANSO DEL DOMINGO
Una mañana, cuando Jerry acababa de colocarme entre las varas y estaba ajustando las riendas, entró en el patio un caballero.
—Para servirlo, señor —lo saludó Jerry.
—Buenos dÃas, señor Barker —contestó el recién llegado—. Me gustarÃa llegar con usted a algún arreglo para que llevara a la señora Briggs a la iglesia los domingos por la mañana. Ahora vamos a la Nueva Iglesia, y es demasiado lejos para que ella vaya a pie.
—Le agradezco, señor, pero sólo tengo licencia seis dÃas semanales, y por ello no podrÃa tomar clientes en domingo; serÃa ilegal.
—¡Ah! —exclamó el otro—. No sabÃa que su coche fuera de seis dÃas pero serÃa muy fácil modificar su licencia. Yo me ocuparÃa de que usted no saliera perdiendo; el caso es que la señora Briggs prefiere que usted la lleve.
—Con mucho gusto la complacerÃa, señor, pero una vez tuve licencia para toda la semana, y el trabajo resultó demasiado duro para mà y sobre todo para los caballos. Año tras año, sin un dÃa de descanso, ni un domingo para dedicar a mi esposa e hijos, sin poder concurrir jamás a la iglesia, cosa que siempre solÃa hacer antes de hacerme conductor. Por eso, desde hace cinco años, sólo saco licencia para seis dÃas, y me resulta mejor.
