Azabache
Azabache LA POBRE Bravía
Un día en que nuestra berlina y otras muchas esperaban cerca de un parque donde tocaba una banda, un coche viejo y desvencijado fue a detenerse junto al nuestro. Tiraba de él una yegua vieja y gastada, de piel descuidada, a través de la cual se veían sus huesos con claridad. Se le doblaban las rodillas y sus patas delanteras vacilaban mucho.
Yo había estado comiendo heno. Como el viento arrastró un poco en su dirección, el pobre animal estiró el flaco pescuezo para recogerlo; después levantó la cabeza en busca de más. Tenía en la mirada una expresión desesperanzada que no pude dejar de advertir, y entonces, mientras yo pensaba dónde había visto antes aquella yegua, ésta me miró de lleno y me preguntó:
—Azabache, ¿eres tú?
Era Bravía… pero ¡qué cambiada! Aquel pescuezo arqueado y reluciente estaba ahora rígido, descarnado y hundido.
Como nuestros conductores se hallaban reunidos a corta distancia, yo me acerqué a ella un paso o dos para poder hablar tranquilos. Lo que me contó fue una triste historia.
