Azabache
Azabache —¡Ah!, antes sÃ, pero de nada sirve: los hombres son más fuertes, y si son crueles y carecen de sentimientos, no nos queda sino soportar… soportar hasta el fin. ¡Ojalá llegara mi fin! ¡Ojalá estuviera muerta! He visto caballos muertos y segura estoy de que no sufren dolor. ¡Ojalá cayera muerta mientras trabajo, asà no me enviarÃan al matadero!
Muy apenado, acerqué a la suya mi nariz, pero nada podÃa decir que la consolara. Creo que le alegró verme, pues dijo:
—Eres el único amigo que tuve en mi vida.
En ese momento llegó su conductor que, tironeándole la boca, la hizo retroceder para salir de la fila y partió, dejándome entristecido de veras.
Poco después de esto, pasó frente a nuestra parada de coches una carreta que llevaba un caballo muerto. Era una yegua zaina, de pescuezo largo y flaco, con una mancha blanca en la frente. Creo que era BravÃa…
Deseé que fuera ella, pues asà terminarÃan sus penas. ¡Oh!, si fueran más piadosos los hombres nos matarÃan de un tiro antes de que llegáramos a semejante situación.