Azabache
Azabache MI ÚLTIMO HOGAR
Un día de verano, el mozo me limpió y preparó con cuidado tan extraordinario, que preví algún nuevo cambio. Me alisó las cernejas y me limpió las patas, me pasó por los cascos el cepillo alquitranado y hasta me peinó el flequillo. Creo que también el arnés recibió una lustrada adicional. Willie, que parecía a medias ansioso y a medias contento, subió al calesín con su abuelo.
—Si las señoras se prendan de él, quedarán satisfechas, y él también —comentó el anciano caballero— nosotros no podemos sino probar.
A un kilómetro o dos de distancia del poblado, llegamos a una linda casita baja, con césped y arbustos delante y un sendero hasta la puerta. Willie llamó a la puerta y preguntó si estaban en casa la señorita Blomefield o la señorita Ellen: sí, estaban las dos. Así, mientras Willie se quedaba con nosotros, el señor Thoroughgood entró en la casa.
