Antonio y Cleopatra
Antonio y Cleopatra la gloria, en el arco de mis cejas; la menor
de mis gracias, celestial. Pues nada ha cambiado,
o tú, el soldado más grande del mundo
te has vuelto el más embustero.
ANTONIO
¿Cómo, señora?
CLEOPATRA
¡Ah, si yo fuera de tu talla! Verías
el tamaño de un ánimo de Egipto.
ANTONIO
Escúchame, reina.
La dura necesidad presente exige
mis servicios por un tiempo, mas toda mi alma
en ti la deposito. Italia centellea
de espadas en civil combate: Sexto Pompeyo
se aproxima al puerto de Roma[10];
la igualdad de las fuerzas interiores
crea bandos susceptibles; poderosos,
los odiados son amados; el proscrito Pompeyo,
cargado de la fama de su padre, se insinúa
en el ánimo de los que aún no han medrado
con este gobierno, cuyo número crece;
y la paz, enferma de inacción, quiere purgarse
por medios extremos. Mi razón más personal,
que debe hacerte proteger mi marcha,
es la muerte de Fulvia.
CLEOPATRA