El Rey Lear

El Rey Lear

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GONERIL.—Yo os amo, Señor, más tiernamente que a la luz, al espacio y a la libertad, muchísimo más que todas las riquezas y preciosidades del mundo. Os amo tanto, cuanto se puede amar, la vida, la salud, la belleza, y todos los honores y los dones todos; tanto, cuanto jamás hija amó a su padre; en fin con un amor que la voz y las palabras no aciertan a explicar.

CORDELIA.—(Aparte.) ¿Qué hará Cordelia? Amar y callar.

LEAR.—Te hacemos soberana de todo este recinto, desde esta línea hasta ese límite, con todo cuanto encierra, frondosos bosques, y vasallos que los pueblan. Sean tu dote y herencia perpetua de los hijos que nazcan de ti y del duque de Albania. ¿Qué contesta nuestra segunda hija, nuestra querida Regan, esposa de Cornualles?

REGAN.—Formada estoy de los mismos elementos que mi hermana, y mido mi afecto por el suyo, en la sinceridad de mi corazón. Ha definido, con verdad, el amor que os profeso, padre mío. Pero aún quedó corta, pues yo me declaro enemiga de todos los placeres que la vista, el oído, el gusto y el olfato pueden dar, y sólo cifro mi felicidad en un sentimiento único: el tierno amor que por vos siento.

CORDELIA.—(Aparte.) ¿Qué te queda pues, pobre Cordelia? ¿Pobre? No; estoy segura que mi corazón siente más amor del que mis labios pueden expresar.


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