El Rey Lear
El Rey Lear Vasta llanura
Entra EDGARDO.
EDGARDO.—Más vale aún hallarse en el estado en que me veo, sabiendo que me desprecian, que ser lisonjeado y despreciado a la vez. El infeliz, pisoteado por la fortuna y precipitado a los últimos peldaños de la miseria y de la abyección, conserva siempre un rayo de esperanza; cuando menos, vive exento de temor. La variación sólo es temible para el hombre feliz; el desgraciado no puede cambiar sino para remontarse a la felicidad. Gozoso te acepto y enajenado te abrazo, aire invisible, único bien que me resta. El desventurado a quien tu hálito tempestuoso arrojó al fondo del abismo, nada tiene que temer ya de sus huracanes. Pero ¿quién llega?
Entra el CONDE de GLOUCESTER guiado por un anciano.
Es mi padre conducido por un pobre mendigo. ¡Oh mundo, mundo! Sin tus resoluciones extrañas que nos mueven a odiarte, la más caduca vejez no quisiera ceder la vida.
EL ANCIANO.—¡Mi buen señor! Desde hace ochenta años vengo siendo vasallo de vuestro padre y de vos mismo.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Anda, amigo mÃo, retÃrate; tus consuelos no pueden reportarme bien alguno, y pudieran serte funestos.
EL ANCIANO.—Pero yendo solo, no podréis ver vuestro camino.
