El Rey Lear
El Rey Lear EL DUQUE DE ALBANIA.—Señor, habéis dado pruebas de vuestra valentÃa, y la fortuna os ha guiado a la victoria. Tenéis cautivas a las personas que en este dÃa os opusieron más esfuerzos. Entregádmelos, para disponer de ellos según prescriba el interés de nuestra seguridad y la muerte que merecen.
EDMUNDO.—He creÃdo prudente encerrar a ese viejo y miserable rey en una prisión. Su edad y más que todo su nombre tienen suficiente autoridad para atraer los corazones del pueblo a su partido y hacer que vuelvan contra nosotros, sus señores, las lanzas que les obligamos a emplear en nuestro servicio. Con él he mandado encerrar a su hija, por idénticas razones. Mañana o dentro de unos pocos dÃas estarán dispuestos a comparecer en el lugar donde reunáis vuestro campo. En este momento nos hallamos cubiertos de sudor y sangre; el amigo ha perdido al amigo y las guerras más cortas, en el ardimiento de los espÃritus son maldecidas por los que resienten sus males. El proceso de Cordelia y de su padre requiere, para su sentencia, un sitio más cómodo que un campamento.
EL DUQUE DE ALBANIA.—Con vuestro permiso, Edmundo, aquà no os considero sino como a un oficial subalterno y no como a hermano mÃo.