Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II Si no me dan vergüenza mis soldados, soy salmonete en vinagre. He abusado vilmente del reclutamiento. Por ciento cincuenta soldados me he llevado trescientas y pico libras. Yo sólo recluto a propietarios de casas y tierras, a sus hijos; me busco novios amonestados ya dos veces en la iglesia; a una partida de comodones que antes oirían al diablo que un tambor; a los que les da más miedo un disparo de mosquete que un ave alcanzada o un pato salvaje herido. Sólo he reclutado a esos blandengues que tienen el ánimo más chico que una cabeza de alfiler, y que han pagado por librarse. Ahora toda mi tropa se compone de abanderados, cabos, tenientes, suboficiales: unos míseros más harapientos que Lázaro en pintura, al que los perros del glotón le lamían las llagas; y de otros que jamás fueron soldados, sino sirvientes despedidos por pillería, hijos menores de segundones[47], mozos de taberna huidos y mozos de cuadra sin trabajo, parásitos de la paz y de la calma, diez veces más indecentes que una vieja bandera desgarrada. Éstos que tengo para llenar los huecos de los que se libraron parecen ciento cincuenta hijos pródigos desastrados, recién salidos de una pocilga, de comer desperdicios. Por el camino me paró un loco y me dijo que yo había limpiado todos los patíbulos y reclutado a los cadáveres. Nadie vio jamás tales espantajos. No pienso atravesar Coventry con ellos, eso seguro. Sí, y los rufianes marchan a pierna abierta, como si llevasen grilletes (la verdad es que a la mayoría los saqué de la cárcel). No se ve camisa y media en toda mi compañía, y la media son dos pañuelos atados y echados sobre los hombros, como un tabardo sin mangas. Y la camisa, a decir verdad, robada al posadero de San Albano o al hostelero de nariz roja de Daventry. Pero da igual: ya encontrarán suficiente ropa blanca tendida al sol.