Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II Entran WORCESTER y sir Ricardo VERNON.
WORCESTER
No, no, sir Ricardo. Mi sobrino no debe
conocer el noble ofrecimiento del rey.
VERNON
Debería conocerlo.
WORCESTER
Entonces estamos perdidos.
No puede ser, no es posible que el rey
mantenga su palabra de amistad.
Seguirá sospechando de nosotros, y otras faltas
le servirán para el castigo de este agravio.
La sospecha nos clavará siempre sus mil ojos,
pues se confía en la traición como en un zorro
que, por más que lo amansen, encierren y cuiden,
conserva lo salvaje de sus antepasados.
Estemos como estemos, alegres o tristes,
tomarán en mal sentido nuestro aspecto,
y viviremos como bueyes en establo,
cuanto mejor nutridos, más cerca de la muerte.
La rebeldía de mi sobrino puede olvidarse:
lo exculpan su ardor y juventud
y el privilegio de su sobrenombre,
el fogoso y alocado Espuela Ardiente[49].
Todas sus culpas recaen sobre mí
y sobre su padre. Nosotros le tentamos
