Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II Primero, mi temor; después, mi reverencia; por fin, mi discurso. Mi temor es no haber agradado; mi reverencia, mi deber, y mi discurso es para pediros perdón. Si ahora esperáis un buen discurso, estoy perdido, pues lo que tengo que decir es de mi cosecha y lo que habría de decir me temo que será mi ruina. Pero al grano, y de ahí al riesgo. Sabed, como ya es sabido, que hace poco estuve aquí al final de una obra que desagradó, rogándoos paciencia y prometiendo otra mejor. Pensé realmente pagaros con ésta y si, cual mala expedición, no arribo a buen puerto, yo doy en quiebra, y vosotros, amables acreedores, perderéis. Prometí que aquí estaría, y aquí está mi persona a merced vuestra. Hacedme una rebaja y algo os pagaré; y, como tantos deudores, os prometeré hasta el infinito. Y con esto me arrodillo ante vosotros, aunque, la verdad, es para rezar por la reina[76].
Si mi lengua no logra convenceros de que me absolváis, ¿me diréis que mueva las piernas?[77] Sin embargo, salir bailando de la deuda sería un pago bien ligero. Mas la buena conciencia da siempre la mayor satisfacción, que es lo que yo quiero. Aquí todas las damas ya me han perdonado; si los caballeros no lo hacen, será porque no concuerdan con las damas, que sería lo nunca visto en semejante asamblea.
