Enrique IV
Enrique IV Con tres o cuatro borricos entre un montón de barricas. He pulsado el bordón de la humildad. Fíjate, soy hermano jurado de tres mozos de taberna, y los llamo por sus nombres de pila: fulano, mengano y zutano. Juran por su salvación que, aunque yo sea el Príncipe de Gales, soy el rey de la cortesía, y me dicen claramente que no soy ningún engreído como Falstaff, sino un corintio[26], un mozo animoso, un buen zagal —¡válgame, así me llaman!—, y que, cuando sea rey de Inglaterra, estarán a mis órdenes todos los buenos mozos de Eastcheap. Al mucho beber lo llaman «teñirse de morado» y, cuando tomas aliento al trincar, hacen «¡ejem!» y te dicen «¡De un trago!». Total, que en un cuarto de hora he aprendido tanto que sé beber en su idioma, de por vida, con cualquier hojalatero. Te digo, Ned, que has perdido mucho honor al no haberme acompañado en este encuentro. Pero, querido Ned, para endulzarte el nombre, aquí te doy esta pizca de azúcar que acaba de ponerme en la mano un mozo de ésos; uno que sólo sabe hablar para decir «¡Ocho chelines y seis peniques!» y «¡Bienvenido!», con la añadidura a gritos de «¡Voy, voy, señor! ¡Apuntad un cuartillo de moscatel a “La Media Luna”»![27], y así. Pero, Ned, para distraer el rato hasta que venga Falstaff, anda y métete en uno de estos cuartos mientras le pregunto a este bisoño para qué me da el azúcar. Y no dejes de gritar «¡Francisco!», para que no diga más que «¡Voy!». Ahora sal y te mostraré un ejemplo.