Enrique IV
Enrique IV Aunque en Londres me apuntaban todo en cuenta, aquí te apuntan siempre a la cabeza. ¡Alto! ¿Quién sois? ¡Sir Walter Blunt! ¡Ahí tenéis honor! Aquí no hay vanidad. Estoy más abrasado que el plomo fundido, y más pesado. ¡Dios me libre del plomo! Con el peso de mis tripas ya me basta. He llevado a mis pingajos donde los han machacado: de los ciento cincuenta no quedan ni tres vivos, y están para mendigar de por vida a las puertas del pueblo. Pero, ¿quién viene?
Entra el PRÍNCIPE.
PRÍNCIPE
¿Qué haces ahí parado? Déjame tu espada.
Bajo las fatuas pezuñas enemigas
muchos nobles yacen rígidos y yertos,
y su muerte, sin vengarse. Anda,
déjame tu espada.
FALSTAFF
¡Ah, Hal! Oye, déjame que tome aliento un rato. Ni el fiero Gregorio[53] realizó tantas hazañas como yo hoy. A Percy lo he despachado; está bien seguro.
PRÍNCIPE
Ya lo creo, y vive para matarte. Anda, déjame tu espada.
FALSTAFF
Ante Dios, Hal: si Percy vive, no te llevas mi espada, pero si quieres, llévate mi pistola.
PRÍNCIPE