Enrique IV
Enrique IV ¡Bobadas, sir Juan! No quiero saber nada. El bravucón de vuestro alférez no entra en mi casa. El otro día comparecí ante maese Tísico, el sustituto, y me dijo (fue el miércoles pasado, seguro): «Vecina Prisas», dice (y estaba presente maese Mudo, el cura), «vecina Prisas», dice, «admitid a gente de orden, pues», dice, «tenéis mala fama». Es lo que dijo, y yo sé por qué. «Pues», dice, «sois mujer honrada y bien considerada, conque mirad a quién admitís. No admitáis», dice, «a tipos bravucones». Así que aquí no entra ninguno. Os habría pasmado oír lo que dijo. No, no quiero bravucones.
FÁLSTAFF
Posadera, él no es ningún bravucón, sólo un fullero muy manso. Le puedes acariciar como a un cachorro de galgo. Él no le cacarea ni a una gallina berberisca, aunque se le vuelvan las plumas mostrando resistencia.— Mozo, dile que suba.
[Sale el MOZO.]
POSADERA
¿Le llamáis fullero? Yo no le cierro el paso a hombre de bien ni a fullero, pero los bravucones no me gustan, os lo juro; con sólo oír «bravucón» me pongo enferma. Ved cómo tiemblo, señores, mirad, os lo ruego.
DORA
Es verdad, posadera.
POSADERA