Enrique IV
Enrique IV que dejas bien abiertas las puertas del sueño
a tantas noches de vela! Dormid con ella ahora.
Mas no será el sueño profundo y apacible
del que, calado el humilde gorro,
ronca la noche entera.— ¡Ah, majestad![58]
Cuando angustias a tu dueño, eres
cual robusta armadura en dÃa caluroso,
que protege abrasando.— Esa leve pluma
que yace ahÃ, junto a su aliento, no se mueve.
Si respirara, ese fino plumón
tendrÃa que moverse. ¡Augusto señor, padre!
Este sueño es muy profundo, es el sueño
que ha apartado de este cÃrculo de oro
a tantos reyes ingleses. Te debo lágrimas
y la honda tristeza de mi pecho,
que el cariño, el amor filial y la ternura
te pagarán, querido padre, en abundancia.
A mà me debes tu regia corona,
que, como el más próximo a tu sangre y realeza,
recae sobre mÃ. Ved dónde reposa.
[Se pone la corona.]
Dios la proteja. Toda la fuerza del mundo
reunida en brazo gigante no me arrancará
esta honrosa herencia. Tu rico legado
dejaré a los mÃos cual me lo has dejado.
Sale.
REY