Hamlet, Principe de Dinamarca

Hamlet, Principe de Dinamarca

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ESCENA I

Una sala en el castillo.

(Entra el Rey.)

REY.—Algo hay en tus suspiros y sollozos. Tienes que explicármelo. Es propio que lo sepa. ¿Dónde está tu hijo?

REINA.—¡Ay, esposo, lo que he visto esta noche!

REY.—¡Pobre Gertrudis! ¿Cómo está Hamlet?

REINA.—Más loco que el viento y el mar cuando ambos luchan a porfía. En su paroxismo, al ver que algo se movía tras el tapiz, desenvaina gritando «¡Una rata, una rata!» y en su frenética ilusión ha matado al pobre anciano allí escondido.

REY.—¡Ah, grave acción! De haber estado allí, habría sido mi muerte. Su libertad es una amenaza: para ti, para mí, para todos. ¿Y cómo defender tal acto de violencia? Yo seré el responsable: por previsión tenía que haber atado corto y recluido al joven demente. Mas tanto era mi afecto que no quise entender lo inexcusable y, como el que padece una inmunda dolencia, por no divulgarlo, he dejado que corrompa hasta el tuétano. ¿Adónde ha ido?

REINA.—A llevarse el cadáver de su víctima, con quien su demencia, como veta de oro en una mina de viles metales, se muestra pura y llora lo ocurrido.


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