Hamlet, Principe de Dinamarca

Hamlet, Principe de Dinamarca

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ESCENA II

Salón del Palacio.

(Entran Hamlet y Horacio.)

HAMLET.—De eso nada más. En cuanto al resto, veamos. ¿Te acuerdas de todo mi relato?

HORACIO.—¡Cómo no acordarme, señor!

HAMLET.—Había en mi alma una especie de lucha que me tenía despierto. Me sentí peor que un amotinado en los grilletes. En un rapto… Benditos los arrebatos: admitamos que a veces el impulso nos es más útil que el cálculo, lo que nos muestra que hay una divinidad que modela nuestros fines, cualquiera que haya sido nuestro esbozo.

HORACIO.—Así es.

HAMLET.—Salí del camarote y, envuelto en mi tabardo marinero, anduve a tientas en las sombras hasta hallarlos; les quité los documentos y volví finalmente al camarote, permitiéndome abrir el real comunicado, mis temores venciendo mis modales. Horacio, en él leí (¡ah, regia canallada!) la orden expresa, guarnecida de razones muy variadas sobre el bien de Dinamarca e Inglaterra, con, ¡ah!, todos los duendes que me hacen peligroso, de que, a su lectura y en el acto, sin esperar a que afilasen el hacha, me cortaran la cabeza.

HORACIO.—¡No es posible!

HAMLET.—Aquí está el comunicado. Léelo sin prisa. ¿Quieres saber cómo procedí?

HORACIO.—Os lo ruego.


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