Hamlet, Principe de Dinamarca

Hamlet, Principe de Dinamarca

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ESCENA III

Una sala en el castillo.

(Entran el Rey, Rosencrantz y Guildenstern.)

REY.—No me gusta su actitud, ni conviene a mi seguridad dejar tan libre su locura. Así que preparaos: os expido el nombramiento y él parte a Inglaterra con vosotros. Mi condición no puede tolerar un peligro tan cercano como el que engendra de hora en hora su delirio.

GUILDENSTERN.—Estaremos aprestados. Es un desvelo sagrado y piadoso proteger al sinnúmero de súbditos que viven y se nutren de Vuestra Majestad.

ROSENCRANTZ.—La vida personal está obligada a preservarse de los daños con la fuerza y las armas de la mente; con más razón un espíritu de cuyo bienestar dependen tantas vidas. Cuando muere un rey no muere solo, sino que, cual remolino, arrastra cuanto le rodea. Es una rueda ingente, colocada en la cima del monte más alto, en cuyos radios enormes se entallan diez mil piezas menudas, de modo tal que, cuando cae, todo aditamento, todo apéndice acompaña a su ruina estrepitosa. Pues jamás gimió un rey sin lamento general.

REY.—Preparaos para la inminente travesía. Le pondremos cadenas al peligro que se mueve con tanta libertad.

ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.—Nos apresuraremos. (Salen.)

(Entra Polonio.)


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