Hamlet
Hamlet HAMLET.— Lo hago sólo por divertiros. Y, bien mirado, ¿qué debe hacer un hombre sino vivir alegre? Ved mi madre qué contenta está y mi padre murió ayer.
OFELIA.— ¡Eh! No, señor, que ya hace dos meses.
HAMLET.— ¿Tanto ha? ¡Oh! Pues quiero vestirme todo de armiños y llévese el diablo el luto. ¡Dios mÃo! ¿Dos meses ha que murió y todavÃa se acuerdan de él? De esa manera ya puede esperarse que la memoria de un grande hombre le sobreviva, quizás, medio año; bien que es menester que haya sido fundador de iglesias, que si no, por la Virgen santa, no habrá nadie que de él se acuerde: como del caballo de palo, de quien dice aquel epitafio.
«Ya murió el caballito de palo
y ya le olvidaron asà que murió».
Suenan trompetas, y se da principio a la escena muda.
Salen el duque y la duquesa (que lo harán los Cómicos 1.º y 2.º);
al encontrarse, se saludan y abrazan afectuosamente.
Ella se arrodilla, mostrando el mayor respeto;
él la levanta y reclina la cabeza sobre el pecho de su esposa.
Acuéstase el duque en un lecho de flores, y ella se retira al verle dormido.