Hamlet

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HORACIO.— Por Dios que nunca lo hubiera creído, sin la sensible y cierta demostración de mis propios ojos.

MARCELO.— ¿No es enteramente parecido al rey?

HORACIO.— Como tú a ti mismo. Y tal era el arnés de que iba ceñido cuando peleó con el ambicioso rey de Noruega, y así le vi arrugar ceñudo la frente cuando en una altercación colérica hizo caer al de Polonia sobre el hielo, de un solo golpe… ¡Extraña aparición es esta!

MARCELO.— Pues de esa manera, y a esta misma hora de la noche, se ha paseado dos veces con ademán guerrero delante de nuestra guardia.

HORACIO.— Yo no comprendo el fin particular con que esto sucede; pero en mi ruda manera de pensar, pronostica alguna extraordinaria mudanza a nuestra nación.

MARCELO.— Ahora bien, sentémonos y decidme, cualquiera de vosotros que lo sepa: ¿Por qué fatigan todas las noches a los vasallos con estas guardias tan penosas y vigilantes? ¿Para qué es esta fundición de cañones de bronce y este acopio extranjero de máquinas de guerra? ¿A qué fin esa multitud de carpinteros de marina, precisados a un afán molesto, que no distingue el domingo de lo restante de la semana? ¿Qué causas puede haber para que, sudando el trabajador apresurado, junte las noches a los días? ¿Quién de vosotros podrá decírmelo?


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