Hamlet
Hamlet CLAUDIO.— ¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allÃ. Ese desenfreno insolente amenaza a todos: a mÃ, a ti misma, a todos en fin. ¡Oh! ¿Y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros, porque nuestra autoridad deberÃa haber reprimido a ese joven loco, poniéndole en paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenÃa; bien asà como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a dónde ha ido?
GERTRUDIS.— A retirar de allà el difunto cuerpo y, en medio de su locura, llora el error que ha cometido. Asà el oro manifiesta su pureza, aunque mezclado, tal vez, con metales viles.
CLAUDIO.— Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya. Entretanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o disculpar, un hecho tan indigno.
Claudio, Gertrudis, Ricardo, Guillermo.
