Hamlet
Hamlet HORACIO.— Es por cierto una mota que turba los ojos del entendimiento. En la época más gloriosa y feliz de Roma, poco antes que el poderoso César cayese, quedaron vacÃos los sepulcros y los amortajados cadáveres vagaron por las calles de la ciudad, gimiendo en voz confusa; las estrellas resplandecieron con encendidas colas, cayó lluvia de sangre, se ocultó el sol entre celajes funestos y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse como si el fin del mundo hubiese llegado. Hemos visto ya iguales anuncios de sucesos terribles, precursores que avisan los futuros destinos, el cielo y la tierra juntos los han manifestado a nuestro paÃs y a nuestra gente… Pero. Silencio… ¿Veis?…, allÃ… Otra vez vuelve… [Vuelve a salir la Sombra por otro lado. Se levantan los tres, y echan mano a las lanzas. Horacio de encamina hacia la sombra y los otros dos siguen detrás]. Aunque el terror me hiela, yo le quiero salir al encuentro. Detente, fantasma. Si puedes articular sonidos, si tienes voz háblame. Si allá donde estás puedes recibir algún beneficio para tu descanso y mi perdón, háblame. Si sabes los hados que amenazan a tu paÃs, los cuales felizmente previstos puedan evitarse, ¡ay!, habla… O si acaso, durante tu vida, acumulaste en las entrañas de la tierra mal habidos tesoros, por lo que se dice que vosotros, infelices espÃritus, después de la muerte vagáis inquietos; decláralo… [Canta un gallo a lo lejos, y empieza a retirarse la sombra. Los soldados quieren detenerla haciendo uso de las lanzas; pero la sombra los evita y desaparece con prontitud]. Detente y habla… Marcelo, detenle.