Hamlet
Hamlet MARCELO.— ¿Le daré con mi lanza?
HORACIO.— SÃ, hiérele, si no quiere detenerse.
BERNARDO.— Aquà está.
HORACIO.— AquÃ.
MARCELO.— Se ha ido. Nosotros le ofendemos, siendo él un soberano, en hacer demostraciones de violencia. Bien que, según parece, es invulnerable como el aire, y nuestros esfuerzos vanos y cosa de burla.
BERNARDO.— Él iba ya a hablar cuando el gallo cantó.
HORACIO.— Es verdad, y al punto se estremeció como el delincuente apremiado con terrible precepto. Yo he oÃdo decir que el gallo, trompeta de la mañana, hace despertar al dios del dÃa con la alta y aguda voz de su garganta sonora, y que a este anuncio, todo extraño espÃritu errante por la tierra o el mar, el fuego o el aire, huye a su centro; y la fantasma que hemos visto acaba de confirmar la certeza de esta opinión.
Empieza a iluminarse lentamente el teatro.